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A PROPÓSITO DE UNA VASIJA INÉDITA DE LA EDAD DEL BRONCE EN EL TÉRMINO
MUNICIPAL DE LUQUE (CÓRDOBA)

 

F. M. León Cruz
Director del Museo Municipal de Luque
J. J. Rafael Penco
IES Luis Carrillo de Sotomayor

INTRODUCCIÓN

        Cuando estudiamos las comunidades prehistóricas en la Subbética Cordobesa llama la atención el exhaustivo análisis que se ha realizado de las primeras sociedades productoras que habitaron en esta zona de Andalucía, evidencia ésta que queda atestiguada por la ingente bibliografía que existe al respecto y a la que nosotros mismos hemos contribuido con diversas publicaciones (León, 2013; León et al., 2014; Rafael, 1998; Rafael, 2011). Esta particularidad no es extraña si tenemos en cuenta la cantidad de yacimientos que albergan restos de las sociedades neolíticas. Sin embargo, cuando de lo que se trata es de abordar el estudio de las comunidades que vivieron  en esta región durante la Edad de los Metales y, más concretamente, a lo largo de la Edad del  Bronce, el registro arqueológico y por ende, el bibliográfico, se nos presentan menos generosos.    
        Abordamos en este trabajo el análisis de una pieza que por sus características morfológicas, como intentaremos demostrar, puede adscribirse crono-culturalmente a la Edad del Bronce. Las circunstancias concretas en las que ha sido  hallada la misma nos son, en parte, desconocidas ya que, según parece, apareció asociada a algunas piedras de tamaño medio que podrían  ser consideradas como parte de una estructura  funeraria, de manera que nuevamente el mérito de que no se haya perdido debemos atribuirlo, casi en su totalidad, al buen hacer del Museo de Luque que, como viene sucediendo en los  últimos años, termina siendo el depositario de piezas de excepcional valía arqueológica como ésta que nos ocupa. El Museo sigue trabajando con el fin de poder conocer los detalles de tal hallazgo, con el objetivo de acometer las gestiones oportunas en el caso de que fuera necesario.(1)

        (1) Desde el Museo Municipal “Luque Tierra de Fronteras”, se viene realizando una ardua campaña de concienciación y colaboración entre la población local y la institución fruto de la cual es la recuperación de la pieza que presentamos en este trabajo. Esta pieza, junto a otras formarán parte de la Sala de Prehistoria que está  próxima a su inauguración una vez terminen las labores de montaje de la misma.

         Al hablar de la Edad del Bronce conviene destacar que en toda la región son pocos los estudios rigurosos y sistemáticos que cuentan con una estratigrafía que nos permita intentar desentrañar las formas de vida y la evolución que experimentaron estas comunidades que marcan el inicio de la metalurgia. Una excepción, podemos considerar el trabajo realizado por López Palomo en Monturque (López Palomo, 1993) que ha permitido trazar una secuencia bastante completa que abarca desde finales del Calcolítico hasta el Bronce Final. El resto de intervenciones se reducen o bien a recogidas superficiales más o menos extensas (Murillo, 1990), con las consabidas limitaciones que ello conlleva, o bien se trata, como en este caso, de restos aislados, descontextualizados arqueológicamente que, como es obvio, aportan siempre un conocimiento limitado, haciendo muy difícil profundizar en la comprensión de esta etapa de la Prehistoria ya que apenas nos permiten esbozar una posible adscripción crono cultural que, como se puede entender, no ayuda a conocer la evolución de estas primeras comunidades metalúrgicas.
        Esta realidad nos ha llevado a realizar este trabajo bajo una doble intención; por un lado, con él tratamos de dar a conocer una nueva evidencia de la cultura material de la Edad del Bronce, intentando con ello contribuir, aunque sea modestamente, a un mayor y mejor conocimiento de esta etapa de la Prehistoria Reciente y por otro, se trataría de hacer hincapié en la necesidad de poner en marcha trabajos de investigación mucho más ambiciosos, que contribuyan a ampliar el conocimiento de estas comunidades sobre las que, como hemos advertido, existe un vacío considerable. A alcanzar este último objetivo podrían servir estudios minuciosos de algunos asentamientos que, a juzgar por la cantidad de restos materiales que han proporcionado las prospecciones superficiales que se han llevado a cabo en ellos, debieron tener una entidad considerable (por ejemplo la Mesa de Fuente Tójar) (Murillo, 1990).

DESCRIPCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN

         El material objeto de estudio se reduce a un solo vaso cerámico pero que, a diferencia de lo que sucede en otras ocasiones, en este caso, se ha conservado milagrosamente completo. Es un vaso que presenta ambas superficies (exterior e interior) con un acabado imposible de determinar, ya que se encuentran fuertemente concrecionadas. El desgrasante es medio y el fuego oxidante. El grosor podemos considerarlo, igualmente, medio (comprendido entre los 6 y los 12 mm) y el color marrón, tanto al exterior como al interior. Desde el punto de vista formal, se trata de un vaso que presenta una carena media– baja con un diámetro en el borde de 13,5 cm, siendo éste apuntado–redondeado y de orientación saliente. En la parte más ancha, que coincide con la carena, tiene una longitud de 16 cm., mientras que su altura no excede de los 13 cm. Este hecho nos permite definirlo más cercano a una “fuente” que a un “vaso” en sí, siguiendo la tipología utilizada en nuestro estudio (Schubart, 2004). La base es convexa o redondeada no apreciándose ningún tipo de decoración ni asociación pictórica.
         El hecho de que se haya conservado completo, como hemos comentado, unido a las circunstancias que rodearon el hallazgo, nos ha llevado a considerar la posibilidad de que pudiera tratarse de un elemento material que formara parte de un ajuar funerario. Pensamos que podría pertenecer a una estructura funeraria modesta como por ejemplo una cista, compuesta por lajas de piedra, generalmente cuatro, que pueden estar trabajadas para que asienten entre sí y otra que hace las veces de cubierta. Igualmente, podría tratarse de alguna forma menos elaborada aún, consistente en realizar una fosa en el suelo y rodearla de piedras para delimitar el espacio de enterramiento. En este sentido, hemos de destacar la existencia de una estructura similar en el Laderón de Doña Mencía; un enterramiento individual que estaba asociado a un ajuar compuesto por un vaso cerámico carenado y un puñal que han sido adscritos culturalmente al Argar y, más concretamente, al Argar A tras ser fechados por radiocarbono (Sánchez, 1996). Estaríamos hablando, por tanto, casi con total seguridad, de un enterramiento individual, muy característico de las culturas de la Edad del Bronce que sustituyen los enterramientos colectivos, típicos del Calcolítico, asociados al mundo megalítico. No obstante, como no podía ser de otra manera a tenor de la información con la que contamos, todo lo dicho hasta el momento entra dentro de la especulación y debe ser considerado únicamente como una hipótesis de trabajo que esperemos, pueda confirmarse en futuros estudios.
        Como hemos comentado con anterioridad no son muchas las evidencias materiales que existen en las Subbéticas Cordobesas sobre este periodo de la Prehistoria, lo que hace que nuestro hallazgo cobre mayor importancia, si cabe. Sin embargo, no es menos cierto que existen algunos restos materiales, cercanos a éste, y otros más alejados, cuyo análisis detallado nos permitirá contextualizarlo crono–culturalmente.
        En primer lugar hemos de destacar algunos restos materiales hallados en la secuencia estratigráfica de Monturque, concretamente los relacionados con el nivel VII en el que encontramos algunas formas cerámicas que presentan carena media muy pronunciada (fig. 223: VII/51). Desgraciadamente, este estrato está mal definido al estar relacionado con una necrópolis formada por varias estructuras tumuliformes de manera que su composición y el material de relleno hacen difícil su ubicación cronológica, si bien este estrato se ha fechado hacia el 1600–1400 a.C. aunque con reservas (López Palomo, 1993).
        En el Cerro del Castillo y en Zóñar, en Aguilar de la Frontera, se estudió un conjunto de materiales que por sus características han sido adscritos a un momento del Bronce. Entre ellos hemos de citar uno (fig. 13: 23) que presenta una carena media–baja, base redondeada, borde saliente, mayor anchura en la parte de la carena…, y aunque el cuenco en sí es de dimensiones considerables si lo comparamos con la pieza que nos ocupa (más de 28 cm de diámetro y unos 38 cm en el ancho de la carena), esta particularidad no es óbice, pensamos, para no incluirlo tipológicamente en el mismo grupo. Conviene aclarar que los autores lo asocian a formas carenadas típicas del bronce del suroeste (Ruiz y Murillo, 1992). Nosotros, sin embargo, tras analizar algunos restos hallados en las provincias de Jaén, Granada y Cádiz, como veremos a continuación, consideramos, como más factible, establecer paralelos con el SE peninsular atendiendo no sólo a sus aspectos morfológicos sino también a una cierta dinámica espacial y cultural a partir de las evidencias arqueológicas de estas tres provincias.
        Así, por ejemplo, hemos de hacer referencia a algunos restos procedentes de la Cueva del Canjorro en Jaén donde encontramos formas cerámicas con carena media en la fase II, asociadas a un contexto calcolítico. Esta asociación, en principio contradictoria según el argumento que planteamos, cobra sentido si tenemos en cuenta el carácter retardatario que caracteriza la secuencia cultural en este yacimiento. (Carrasco y Pachón, 1986). En la provincia de Granada se hallaron, en el yacimiento de la Quinta, en la vega granadina, asociadas a estructuras funerarias, restos cerámicos entre los que sobresale un vaso carenado, de carena media–baja, poco marcada al exterior, con una altura de 8,1 cm. La carena es saliente respecto al borde, presentando un diámetro de 11,4 cm y de 10,8 cm respectivamente. El galbo aparece ligeramente curvado, borde saliente y labio redondeado (Fresneda et al., 1997–98, fig. 3: b).
        Gran atención nos merecen los restos cerámicos procedentes de Cerro Berrueco (Medina Sidonia, Cádiz) procedentes del estrato II (fig.5: 3). Se trata de varios fragmentos que corresponden a parte de la carena, la base y el borde de un mismo vaso. Es interesante el hecho de que estas formas irrumpen sin que haya un sustrato previo que permita establecer una evolución interna de las mismas, lo que ha permitido considerar la posibilidad de que puedan ser la consecuencia de una posible influencia argárica en el SO peninsular (Escacena y Berriatua, 1985).
        Junto a estas evidencias materiales que recogen formas cerámicas muy cercanas a la que presentamos en este trabajo, debemos hacernos eco de otros hallazgos que, al menos indirectamente, nos permiten enriquecer nuestro argumento inicial. Así, hemos de mencionar la existencia de materiales cerámicos que evidencian, a partir de los fragmentos conservados, formas carenadas variadas ya que se han podido documentar carenas medias, bajas… (Murillo, 1990). Estas formas aparecen en yacimientos como la Mesa de Fuente Tójar, en la que se han documentado vasos de superficies bruñidas y carenas medias; en la cueva de los Mármoles se ha documentado un vaso de carena baja que se puede adjudicar, según el autor, a cualquier momento de la Edad del Bronce; en el Pirulejo aparecieron, asociados a dos enterramientos, restos de un cuenco de carena muy baja; en Los Castillarejos se encontraron restos cerámicos entre los que destaca un fragmento de carena media junto a otras formas cerámicas como un vaso parabólico y otro troncocónico que han hecho pensar, como en el caso de Mármoles, que puedan pertenecer a algún momento de la Edad del Bronce (Ibidem).
        A todos ellos habría que unir los restos cerámicos hallados en los yacimientos egabrenses de la Fuente del Río y la Veleña cuya revisión ha aportado nuevas perspectivas sobre la Edad del Bronce en esta región de Andalucía. Según los autores de dicha revisión, cabría pensar que las cerámicas carenadas conservadas pertenecen a algún momento del Bronce Antiguo o Pleno, debido, principalmente, a la altura de la carena en alguna de ellas, (fig. 4: 35) poniéndolos en relación con los conjuntos materiales procedentes de Zóñar, El Castillo de Aguilar de la Frontera y, sobre todo, el estrato IX del Castillo de Monturque. Estos autores valoran estos hallazgos como la consecuencia de una influencia en la zona oriental de la Subbética cordobesa de la expansión del mundo argárico del SE peninsular, entendiéndolo como una prolongación de la argarización detectada en la provincia de Jaén, si bien piensan también que esta influencia debió producirse en un momento indeterminado, pero claramente avanzado del Argar (Delgado y Vera, 1996).
       En la misma línea, debemos considerar la presencia de cerámica carenada procedente de la Cueva de Huerta Anguita, junto, en este caso, a un puñal y un brazalete de arquero. El hecho de que un material semejante se haya encontrado, según los autores de este trabajo, en la sepultura 54 de Fuente Álamo ha llevado a éstos a adjudicar una cronología próxima al Argar A para estos materiales. (Gavilán, 1990). Contra esta aseveración, algunos autores han puesto en duda la pertenencia a contextos argáricos de este conjunto material apoyándose en la existencia del nervio que recorre la hoja del puñal así como la forma de su placa de enmangue (Murillo, 1990).
        Otro conjunto material interesante, en este sentido, es el que procede del yacimiento de Guta, en Castro del Río, al encontrarse, entre las piezas analizadas, algunas cerámicas carenadas, concretamente cuencos parabólicos, vasos carenados de tendencia troncocónica o vasos de paredes rectas, verticales o inclinadas. Llamando la atención la cantidad de restos metálicos recuperados en un lugar tan alejado de los grandes centros productores de metal para lo que actualmente no existe una explicación arqueológica que resulte convincente, salvo la importancia de la ocupación del asentamiento durante el Calcolítico y, posiblemente, en algún momento de la Edad del Bronce (Carrilero y Martínez, 1985).
        Si nos alejamos aún más geográficamente, buscando elementos materiales que nos puedan servir para contextualizar nuestro vaso cerámico, deberíamos destacar la presencia de cerámicas muy similares a ésta que nos ocupa en el yacimiento de Fuente Álamo (Cuevas del Almanzora). Concretamente nuestro cuenco podría incluirse en el tipo 5 de Fuente Álamo que correspondería a vasijas de cuerpo más ancho que alto, con la parte superior curvilínea cóncava y la inferior curvilínea convexa. Teniendo en cuenta que todas estas vasijas presentan una carena más o menos acusada y que las variaciones de los perfiles son sumamente amplios. El hecho de que contemos con la vasija prácticamente completa, parece no albergar dudas que pueda pertenecer a esta forma cerámica en alguna de sus múltiples variantes, tan característica de la Edad del Bronce del SE peninsular, dentro de la conocida cultura del Argar. De todos los subtipos que aparecen asociados a este tipo 5, nuestro vaso entraría en la forma 5a al tratarse de un recipiente que tiene una anchura en la parte de la carena que excede la altura por lo que podría ser considerado más bien como una fuente y no como un vaso, como hemos comentado al realizar la descripción del mismo (Schubart, 2004).
        En la misma línea deberíamos entender las consideraciones realizadas por Manuel Pellicer al asegurar que los cuencos carenados, similares al que presentamos, deberían adscribirse al Bronce Antiguo ya que presentan una base en forma de casquete esférico con hombros de tendencia troncocónica cóncava. Según este autor, en el Bronce Medio prosigue la forma, pero con los hombros más cortos, con el tronco de cono menos cerrado con tendencia a cilindros cóncavos y apareciendo el gran cuenco de base troncocónica invertida y pequeña base plana con hombros pequeños de tendencia cilíndrica cóncava como influencia, según este autor, de la cultura de Cogotas I (Pellicer, 1987–1988). Cuencos similares al nuestro, citados por este autor, podríamos encontrarlos en algunos yacimientos granadinos como es el caso del Cerro de la Encina, (Pellicer, 1986; fig. 7:2) o en La Quinta (Fresneda et al., 1997–98, fig. 3: b), este último ya comentado.

CONCLUSIONES

        La presencia de este tipo de cerámicas en la región, como hemos argumentado en párrafos anteriores, a la que debemos unir algunas otras evidencias metálicas como puñales o espadas (Hitos, 1991), (Gavilán y Moreno, 1987) nos permiten afirmar que las gentes que vivieron en este sector de la Subbética Cordobesa debieron tener contactos con comunidades situadas más al Este, comunidades que conocen el metal y que hacen de él uno de sus pilares económicos y que posiblemente les sirvió para establecer intercambios con otras comunidades de manera que es muy posible que estas tierras cordobesas fueran un lugar de paso obligado desde las comarcas jiennenses hacia la campiña. Esta evidencia se constata a partir de la presencia de restos cerámicos similares al aquí analizado, destacando los procedentes de la secuencia estratigráfica de Monturque o los del Cerro del Castillo de Aguilar así como otros más alejados, entre los que podemos destacar los del Cerro de la Encina o de La Quinta sin olvidar los hallados en el yacimiento de Guta, si bien éstos presentan problemas de adjudicación crono cultural ya que no es fácil, según sus investigadores, separar los materiales de esta etapa de los de la anterior calcolítica al considerar la existencia de un cierto conservadurismo en la cultura material que se trasladaría también a las formas de vida (Carrilero y Martínez, 1985). En cualquier caso, estas formas cerámicas, al igual que las descritas para los yacimientos egabrenses de la Fuente del Río y la Veleña, parecen corresponder a momentos más avanzados del Bronce que el vaso que aquí presentamos, a juzgar por las características morfológicas de los materiales descritos; altura de la carena, forma del galbo...
        Todas las evidencias materiales que hemos venido detallando ponen de manifiesto la presencia de conjuntos cerámicos similares (especialmente interesantes, en el caso que nos ocupa, los procedentes de Monturque o de Aguilar) que hacen plausible la posibilidad de que puedan existir ciertas influencias del mundo argárico en esta región de Andalucía, hipótesis ésta, por otra parte, que ya ha sido esgrimida con anterioridad a nosotros (Ruiz, 1987; Delgado y Vera, 1996).
        Estos hallazgos nos permitirían abundar en la posibilidad de que existiera una ruta que desde Granada y atravesando la provincia de Jaén conectara con la campiña a través de Alcalá la Real–Castillo de Locubín. Este argumento cobra mayor importancia si tenemos en cuenta la concentración de hallazgos argáricos localizados en la zona antes aludida, reforzando así el hecho de que hipotéticamente esa influencia argárica pudiera sobrepasar el límite político de Jaén adentrándose en la provincia de Córdoba (Carrasco y Pachón, 1986). Este planteamiento nos permitiría entender, igualmente, la presencia de restos de tradición argárica encontrados en la necrópolis de Setefilla (concretamente una alabarda en la sepultura de Setefilla XIV) lo que podría suponer que la argárica fuera mayor de lo que en un principio se había pensado (Almagro, 1997) y, aún si tenemos en cuenta los hallazgos cerámicos de Cerro Berrueco  (Escacena y Berriatua, 1985).    
        Por todo ello, nuestro cuenco cerámico pertenecería a uno de estos cuencos carenados y, por lo tanto, siguiendo la evolución anteriormente expuesta, podríamos incluirlo dentro de la Edad del Bronce y dentro de ella, en el Bronce Antiguo, que ocupa cronológicamente entre los siglos XVII– XII a.C., coincidiendo con la cultura del Argar en el SE de Andalucía lo que permitiría ir aclarando la existencia de una influencia argárica en esta zona, algo que hasta hace muy poco tiempo algunos investigadores ponían en tela de juicio (Ruiz y Murillo, 1992:18; López Palomo, 1993: 298), mientras otros preferían sustituir el calificativo argárico por el de “Bronce Pleno” (Asquerino, 1999: 35). Otros, incluso, a la luz de estas formas cerámicas, pretenden relacionarlas con influencias procedentes, no del SE sino más bien de asentamientos de la Edad del Bronce del SO peninsular tipo Cerro Berrueco (Ruiz y Murillo, 1992), consideración ésta que nosotros no compartimos haciéndonos eco, en este sentido, de aquellos que creen ver en la existencia de estos tipos cerámicos una expansión del mundo argárico hacia occidente y, por tanto, no al contrario (Escacena y Berriatua, 1985). Tal vez, después de este hallazgo, aunque aislado, sea conveniente revisar estas afirmaciones y, por tanto, ir aceptando que las influencias argáricas debieron ser anteriores en esta zona. Pensamos, eso sí, que las relaciones pudieron ser recíprocas entre comunidades alejadas geográficamente pero que conocen, de manera contemporánea, un fuerte desarrollo cultural y, por ello, espacial. Este planteamiento nos permitiría explicar la presencia en la Subbética de elementos propios del Suroeste peninsular como la estela de El Torcal (Murillo, 1990).
       Lo que parece evidente, después del rico sustrato neolítico, es un cambio de estrategia en el poblamiento de las comunidades que ocupan estas regiones de la Andalucía central, pues los registros arqueológicos, en la mayoría de los casos, se empobrecen considerablemente al superar los niveles neolíticos. Para esta cuestión, actualmente, no existe una respuesta acorde con el registro arqueológico. Pensamos que este cambio puede responder a la ausencia de metal en la región ya que los yacimientos más próximos se encuentran en Sierra Morena, Montoro o Linares lo que explicaría que los asentamientos ubicados en la campiña, caso de Guta, seguirían teniendo en la agricultura su razón de ser fundamental (Carrilero y Martínez, 1985), si bien tampoco debe mosdescartar la posibilidad de que enclaves como éste controlaran el paso del mineral hacia  campiñadesde las comarcas jiennenses, considerando igualmente probable  posibilidad de que captaran el metal que alcanzaba el Guadalquivir desde Sierra Morena como han defendido algunos autores (Murillo, 1990). Ambas hipótesis podrían servir para explicar la ingente presencia de metal en un yacimiento tan alejado de los focos metalíferos como Guta. Podríamos considerar, por tanto, a estas regiones de la Subbética como zonas intermedias entre la región del SE peninsular y las regiones de la campiña, siendo importantes, en este sentido, los restos encontrados en el mencionado yacimiento, los restos hallados en Monturque, los del Castillo de Aguilar, el enterramiento de El Laderón y desde ahora, la evidencia que presentamos en este trabajo; todo ello unido a la concentración de restos de atribución argárica hallados en la zona de Alcalá la Real–Castillo de Locubín, como hemos comentado y, finalmente, los de Cerro Berrueco o Setefilla.
        El argumento desarrollado en párrafos anteriores nos sitúa en mejores condiciones para entender qué sucede en estas comarcas durante la Edad del Bronce pero evidentemente no podemos asegurar, al menos de momento, que estas nuevas formas cerámicas sean la consecuencia de una evolución interna (Hitos, 1991; López Palomo, 1993), y aunque defendemos la posible existencia de una evolución propia de las comunidades que habitan en esta región de Andalucía en los inicios de la metalurgia, pensamos también, a la luz de los paralelos analizados, que estamos ante un proceso de influencia a partir de un foco que irradia desde el SE peninsular. No obstante, sí estamos de acuerdo en que, ante los escasos restos que existen, sea desproporcionado hablar de “aculturación” si bien nos parece acertado hablar, a nuestro juicio, de “influencia”, entendiendo ésta como un calificativo provisional y sujeto  revisiones, revisiones que deberán hacerse partiendo de estudios mucho ambiciosos que nos permitan reconstruir, a partir de ellos, las formas de vida de las comunidades metalúrgicas de la Edad del Bronce que habitaron estas tierras en los albores del II milenio a. C. y que hoy por hoy son una verdadera incógnita.
        Por todo ello, es evidente, a la luz de los paralelismos analizados, que aunque no estamos en disposición de asegurar que nos encontremos ante una evidencia directa de la cultura argárica en el sureste cordobés, no es menos cierto que, desde el punto de vista morfológico al menos, los restos cerámicos analizados, guardan una estrecha relación con los vasos cerámicos argáricos por lo que pensamos que no faltamos a la verdad al definirlo como “de tradición argárica”. Queda como reto para futuros trabajos de investigación demostrar hasta dónde llega realmente esta influencia, si existió o no, qué elementos la definen...


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